Se aproxima el día en que un extraño embrujo e
incomprensible para foráneos inunda y envuelve la ciudad de Valencia. El día en
que el sol se despereza mostrando armoniosos volúmenes envueltos en plásticos
diseminados por doquier. En realidad por toda la ciudad.
Es el día en que complejas estructuras de corcho, pintadas
con vivos colores comienzan a ensamblarse tomando formas caprichosas de
admirables dimensiones e imposible equilibrio.
Es el día en que un puñado de locos cargados con sus cámaras
empiezan a agotar centenares de tarjetas de memoria captando cada centímetro,
cada milímetro de esas formas, hasta que las manos de unos auténticos magos a
los que injustamente se les llama simplemente artistas, crean Las Fallas.
Y digo injustamente con todo el peso de la palabra, ya que
no les hace justicia. Para ese puñado de locos son auténticos magos, capaces de
crear lo imposible sabiendo de su efímera existencia.
Son los Artistas Falleros.
Magos.
Elevan el concepto de arte a su máxima expresión, y sin
embargo son vistos por encima del hombro por los que doctan de otras
disciplinas artísticas.
Crean mágica de la ciencia, de la técnica de unas
estructuras geométricas dignas de un museo, y muestran tal modestia de su
genialidad que la ocultan con nuevas estructuras esculpidas repletas de
ingenio, gracia, tesón y muchas veces incluso sufrimiento.
Y esa genialidad vuelven a cubrirla con otra nueva de una
paleta de colores imposible que convierten la fantasía más disparatada en una
realidad tangible.
Y vuelven a cubrir esta nueva genialidad cinco días después
en las llamas destructivas que consumen en cenizas la magia más maravillosa que
ha podido el mundo ver jamás.
Y nunca más el mundo volverá a verlas, porque a partir de
ese momento, esos mismos magos vuelven a la oscuridad de sus alquímicos
laboratorios a conjurar a las musas para crear de nuevo una pirueta más difícil
todavía.
Por eso son geniales.
Por eso son Magos.
Y en el firmamento del sentir valenciano les decimos con
admiración: sois Artistas Falleros.
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